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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Tres pasos para mejorar la ansiedad y la depresión en la adolescencia

La mayor parte de los problemas de salud mental empiezan a manifestarse en la infancia y en la adolescencia y, aunque no hay datos oficiales, en los últimos años han aumentado las consultas al especialista de jóvenes con ansiedad y depresión.

La detección y la intervención en estos casos es fundamental, tanto para acabar con el malestar del adolescente y mejorar aspectos de su vida que han sido afectados (vida personal, social, académica y familiar), como porque si no se tratan adecuadamente puede aumentar la posibilidad de que se desarrollen otros problemas mentales en el futuro.

Hoy por hoy, sabemos que, aunque exista una predisposición genética, suele ser necesaria la presencia de otros factores para desencadenar los episodios de ansiedad y depresión. “El estrés, la desadaptación escolar, la falta de tiempo de juego, la sobreexigencia académicao la falta de relaciones sociales relevantes  son aspectos que muchas veces no se toman en consideración y que pueden generar síntomas depresivos que dificultan aún más el funcionamiento de estos niños”, explica a DMedicina Carmen Moreno, psiquiatra en el Servicio de Psiquiatría del Niño y del Adolescente en el Hospital General Universitario Gregorio Marañón, en Madrid.  “Además, la generalización del ocio y del juego en entornos digitales, que no siempre facilitan la interacción con iguales o con los propios padres, probablemente están jugando también un papel en el aumento de estos casos en menores”.

Ante este escenario, Moreno destaca que existen signos de alerta que pueden ayudar a los padres a detectar que están ante un problema que necesita de una intervención terapéutica y no va a desaparecer por sí solo. Estos son la disminución en el rendimiento escolar, la desmotivación o el aburrimiento, y la falta de disfrute con cosas o actividades que previamente les resultaban placenteras. “Muchas veces estos jóvenes aparecen preocupados en exceso, tienen cambios en el apetito o el sueño, están más irritables y enfadados. En esos casos tenemos que hablar con ellos, entender qué circunstancias pueden estar motivando sus síntomas y, si persisten y no mejoran o tienen impacto en su vida habitual, hacer una consulta al especialista”, aconseja.

Con el fin de evitar las consecuencias a largo plazo (prolongación de los síntomas en el tiempo, fuerte impacto en la vida familiar y social, riesgo de aparición de conductas desadaptativas e incluso suicidas) la especialista señala tres pasos que pueden ayudar al adolescente para mejorar su enfermedad:

1. Convencerse de que se puede mejorar

“Es muy importante convencer al adolescente de que sus síntomas pueden mejorar y de que comprometerse con el tratamiento va a resultar en un beneficio importante en su calidad de vida”, indica Moreno. La especialista insiste en que es frecuente que los jóvenes tengan reticencias al tratamiento por miedo a lo que opinen los demás o por desconocimiento de las opciones terapéuticas. Es importante tranquilizar a los chicos sobre la enfermedad y sus consecuencias, y enfatizar todas las ventajas que supone volver a encontrarse bien.

2. Llevar una vida ordenada

El siguiente paso que deben dar es intentar modificar su estilo de vida y apostar por las conductas ordenadas, sin tóxicos, y un entorno en el que haya espacio para el deporte y la vida social. Esto ayudará a fortalecer la resistencia frente a los problemas de ansiedad y depresión.
“No obstante, cuando aparecen es importante acudir al especialista y empezar tratamiento y no fomentar la idea de que se puede superar la depresión solo con la voluntad de hacerlo. Esto no solo no es cierto, sino que puede contribuir a culpabilizar aún más a quien se siente mal y a hacerle más difícil que pida ayuda y, por lo tanto, que mejore”.

3. Proporcionar apoyo familiar

Es importante que la familia actúe con naturalidad, ofreciendo ayuda y escucha pero sin alarmarse. “Puede ser una buena oportunidad para mejorar la forma de relacionarse y la comunicación con los menores, para encontrar actividades que hacer juntos”, concluye Moreno.

FUENTE: www.dmedicina.com

domingo, 1 de noviembre de 2015

¿Por qué me deprimo?

“¿Por qué me deprimo?”. Es la pregunta que Carmen se hacía todas las mañanas desde ese día aciago en “que no se podía levantar”. En un intento por ‘justificar’ su estado pensaba en la presión asistencial de su trabajo (trabaja de enfermera en un gran hospital), los problemas con los hijos (uno de ellos tenía dificultades escolares) o la incomprensión cada vez más frecuente con su marido. ¿Justificaban esas circunstancias su estado deprimido? 

Vivimos bajo el paraguas del determinismo. Así afirmamos: “Me deprimo porque mi padre era una persona depresiva”, o “estoy deprimido por las circunstancias adversas familiares o laborales”, o “estoy deprimido, pues ha fallecido mi madre o porque me han diagnosticado una enfermedad grave”, etc.

De esta forma ‘justificarnos’ nuestro estado deprimido y, al ‘identificar’ una causa, nos sentimos menos angustiados. Pero la depresión clínica es multidi­mensional, y en todo caso su origen es complejo. 

Es curioso detectar que este determinismo de nuestra conducta que defendemos en el campo de la psicología ni siquiera las ciencias físicas lo admiten para sus fenómenos, al menos después del “principio de indeterminación” de Heisenberg, entre otros. Es decir, si el mundo material es complejo y sus efectos no son consecuencia de una sola causa, con mayor razón podemos afirmar que el mundo psíquico es mucho más inconsistente y mucho menos previsible, y por lo tanto el origen de nuestra conducta es multifactorial. 

El ser humano se va construyendo a lo largo de su propia biografía por los impactos internos y externos que va recibiendo a lo largo de su vida. Es cierto que las experiencias traumáticas vividas en la infancia influyen en las características de la personalidad del adulto, pero también es cierto que lo más importante es cómo se viven esas experiencias, lo que posibilitará un desarrollo sano o enfermo.



Lo determinante, pues, no es la experiencia en sí (por muy traumática que sea, aunque, a mayor gravedad, más dificultad para cicatrizar la herida), sino cómo cada persona la incorpora a su propia experiencia. Podemos afirmar, por tanto, que el desarrollo del niño no está determinado por los problemas que haya vivido, sino por cómo los ha elaborado. Por eso, dos niños que hayan vivido traumas semejantes (abusos, malos tratos, etc.) pueden evolucionar de forma muy diferente: uno puede padecer una depresión de adulto y otro no.

Teniendo en cuenta las anteriores consideraciones, podemos hacernos la pregunta: ¿por qué 'se me cruzan los cables' y me deprimo? Dependiendo de la orienta­ción psicológica en que nos situemos, nos surgirán di­ferentes respuestas. Así, los psicólogos y psiquiatras de orientación biológica dirán que es consecuencia del descenso de serotonina, noradrenalina o dopamina, neurotransmisores que tenemos en las sinapsis cere­brales. Sin embargo, los profesionales más de orienta­ción psicológica insistirán en que la persona se depri­me, de forma clínica, por la falta de recursos personales y grupales para afrontar la situación traumática o el propio discurrir por la vida.

Existe tanta implicación entre ambas teorías que es difícil decantarse por una de ellas. Por mi parte, considero que la verdad está en la conjunción de ambas posturas, aunque en algún tipo de depresión (por ejemplo la depresión mayor)­ primarán los aspectos biológicos e incluso la vulnera­bilidad genética, y en otras depresiones (cuadros adaptativos y depresión neurótica o distimia, entre otras) predominarán los factores psicológicos (perso­nalidad, etc.) y sociales (contexto grupal y familiar).

Teoría de los tres impactos en la enfermedad depresiva


El origen de la enfermedad depresiva es, por tanto, multifactorial y, aunque desconocemos la causa de la depresión, sí sabemos que diversas cir­cunstancias influyen en su aparición. Para que el puzle de la depresión se constituya son necesarias diversas piezas o factores, y además que encajen per­fectamente. Esto es lo que hemos denominado la teo­ría de los tres impactos: vulnerabilidad genética, vulne­rabilidad psicosocial y, en ocasiones, la aparición de un acontecimiento estresor.



La vulnerabilidad

El concepto de vulnerabilidad, tal como lo describe el Diccionario de la Real Academia Española, se refiere a la cualidad de vulnerable, es decir, la posibilidad de ser herido o recibir alguna lesión física o moral. La vulnerabilidad es una cualidad inherente al ser hu­mano. No existe la persona invulnerable, pues todos somos finitos e imperfectos, pero lo que sí es cierto es que existen gradientes de vulnerabilidad. Es decir, existen sujetos más vulnerables que otros, y también la esencia de la vulnerabilidad es diferente: así, por ejemplo, uno puede ser más vulnerable a la depresión y otro a la esquizofrenia, y un tercero puede ser más vulnerable a las enfermedades psicosomáticas.

El concepto de vulnerabilidad se utiliza en sociolo­gía, en medicina, en el ejército y en psicología. En esta última acepción es donde nosotros nos situamos. De alguna manera, la vulnerabilidad (genética, psi­cológica o social) es la base de la enfermedad mental: en las psicosis, la vulnerabilidad tiene un soporte más genético y en los cuadros neuróticos, más psicosocial. 

La vulnerabilidad genética en la depresión


Recuerdo que, durante mi formación como psiquia­tra, hace más de treinta años, al plantearse el origen de las enfermedades psiquiátricas siempre se con­templaba lo que entonces se llamaba la “predisposi­ción genética”. Así se afirmaba que, en los grandes cuadros psicopatológicos (psicosis y depresión endó­gena), podríamos intuir que existían personas con más riesgo que otras para desarrollar la enfermedad mental. Por ejemplo, hijos de padres esquizofrénicos o depresivos. Se ha comprobado que estas enferme­dades son más frecuentes cuando los dos progenito­res han padecido la enfermedad. Y aunque nunca se ha podido concretar con exactitud en qué consiste esta "predispo­sición", es cierto que se puede defender cierta vulne­rabilidad con respecto a la psicosis y la depresión.

No es un factor determinante para la aparición de la en­fermedad, pero lo cierto es que existe más riesgo en esas situaciones que en otras. Es decir, no es una transmisión directa mendeliana, como ocurre con al­gunos aspectos físicos de la persona (el color de los ojos, la altura, etc.), sino que puede aparecer o no la enfermedad psicótica o depresiva, ya que va a depen­der también de otros factores (psicosociales y de la entidad del factor estresor).

Podemos concluir, pues, que la herencia genética, aunque es importante en el origen de la depresión, no es suficiente para que se produzca la enfermedad depresiva; se necesita de los impactos siguientes: vulnerabilidad psicosocial y/o un factor estresor.

En lo que todos los autores están de acuerdo es que en los episodios depresivos se constata una disfun­ción de los circuitos de noradrenalina, serotonina y dopamina del sistema nervioso central, junto con cambios profundos en el funcionamiento del tallo ce­rebral, el hipotálamo y las estructuras del sistema límbico. 

Lo que aún desconocemos es si este desequi­librio químico tiene un origen genético, psicosocial o producido por el factor estresor.



La vulnerabilidad psicológica en la depresión


Hace referencia a los recursos psicológicos que el su­jeto tiene o no para afrontar los diferentes acontecimientos traumáticos de su vida. Seremos más vulne­rables a padecer una depresión cuando nuestro nivel de salud mental sea más precario. En definitiva, nuestro gradiente de salud mental se relaciona inversamente con nuestra vulnerabilidad: a mayor índice de salud mental, menos posibilidad de padecer una enfermedad depresiva. Es decir, cuanto mayor sea nuestra autoestima, nuestras habilidades sociales, la capacidad de buscar soluciones a los problemas, etc., menor riesgo tendremos de caer en la depresión. Y, por el con­trario, si tenemos baja autoestima, alguna psicopato­logía o rigidez cognitiva, entre otras características, el riesgo es mayor.

Algunas personas son más proclives a desarrollar una depresión, es decir, tienen una personalidad que es más vulnerable a esta enfermedad. Es lo que pode­mos denominar personalidad depresiva.

La personalidad depresiva no siempre muestra tristeza, sino que se puede definir como apática o incapaz de sentir que su vida tenga sentido. Por eso la desesperanza es el ‘motor’ de su existen­cia. A veces este estado queda reflejado en frases como “me siento vacío” o “no tengo futuro”.

La persona depresiva siente el peso de lo cotidiano, que contempla siempre en negro. No sabe distinguir y alimentarse de los matices de la vida: un abrazo, una sonrisa o una buena acción, por poner solamente algunos ejemplos. La monotonía impregna toda su existencia. Se siente como extraña en su medio fami­liar, social o laboral.

Entre los rasgos característicos de las personas depresivas señalamos los siguientes:

# 1.- Baja tolerancia a la frustración

La vida es lucha, tensión, con una pizca de sufrimiento. El niño debe ir aceptando las frustraciones diarias (el olvido de un compañero en la celebración de su cumpleaños, la ca­rencia de un juguete, etc.), para que de adulto no sea excesivamente vulnerable a cualquier situación con­flictiva (paro, ruptura sentimental, etc.). Es una for­ma de fortalecer el yo y, consecuentemente, contem­plar al otro no como un enemigo, sino como un compañero de camino (con sus más y sus menos) en el arduo viaje de la vida.

Es necesario que ayudemos a nuestros hijos a ir asumiendo las frustraciones de la vida. ¿Cómo? No sobreprotegiéndoles de tal modo que nada de lo material se les niegue y crean que tienen derecho a todo porque son ‘el ombligo del mundo’.

#2.- Perfeccionismo

Es frecuente que las personas depresivas tengan un superyó muy rígido y muy exigente. Son muy cumplidores, autoexigentes, sin sentido del humor y perfeccionistas. Desean tener la ‘familia perfecta’, el ‘trabajo per­fecto’, los ‘amigos perfectos’ e incluso el ‘cuerpo perfecto’. Como esto no se puede conseguir, se de­primen al no conseguir sus elevadas expectativas. Son, con frecuencia, personas insatisfechas, pues nunca están contentas con lo que tienen o con lo que han conseguido, lo que produce culpa, al sentir que han fallado, y consiguientemente se deprimen.

# 3.- Dependencia del cariño de los demás

Es evidente que necesitamos al otro para conseguir nuestro bienestar. Cuanto más nos sintamos reconocidos y alabados por nuestro entorno, mejor. Pero no po­demos depender del cariño ajeno. Por eso, muchas personas se deprimen al constatar que los demás -familiares y amigos- no les muestran el amor que esperaban.

# 4.- Dificultad en expresar la agresividad

Es preciso enseñar a nuestros hijos a reconocer sus sentimien­tos (positivos y negativos) para que puedan expresar­los o canalizarlos de forma adecuada.

Si una persona no es capaz de poner palabras a su sentimiento de agresividad, éste se vuelve contra sí mis­ma y puede desarrollar una enfermedad depresiva. Por eso algunos autores hablan de la depresión como una forma de autoagresión, y la psicopatía como una forma de agredir al otro.

# 5.- Baja autoestima

Nathaniel Branden, psicoterapeuta ca­nadiense, da la siguiente definición de autoestima:

La autoestima plenamente consumada es la expe­riencia fundamental de que podemos llevar una vida significativa y cumplir sus exigencias. Más concreta­mente podemos decir que la autoestima es lo siguiente:

1) La confianza en nuestra capacidad de pensar, en nuestra capacidad de enfrentarnos a los desafíos básicos de la vida.

2) La confianza en nuestro derecho a triunfar y a ser felices; el sentimiento de ser respetables, de ser dignos y de tener derecho a afirmar nuestras nece­sidades y carencias, a alcanzar nuestros principios morales y a gozar del fruto de nuestros esfuerzos.


Es decir, si no tenemos confianza en nuestras pro­pias capacidades para enfrentarnos a los factores estresores cotidianos y renunciamos a ser felices, esta­mos favoreciendo la aparición de una depresión clínica que confirme nuestros miedos: “No valgo para nada”.

La autoestima supone creer en uno mismo y no de­jarse anular por el criterio del vecino o del amigo, pero tampoco aferrarse a una idea por el te­mor a dar una imagen de debilidad o inseguridad. Es el punto medio entre la tozudez y la falta de criterios.

De forma didáctica podemos distinguir dos moda­lidades de autoestima: la esencial y la situacional. Un ejemplo de la primera es Francisca, un ama de casa feliz con su tarea, que se siente amada y respetada por los suyos. Decía en una ocasión: “Soy feliz, pues siento que mis hijos me quieren y mi marido compar­te conmigo todas sus penas y alegrías; mis sentimientos los puedo poner en común con ellos”.

Este aspecto de la autoestima es como los cimien­tos de la construcción de la propia existencia. Si falla, nunca encontraremos paz y felicidad. Sobre ella se construye la propia vida y es también el soporte de la confianza de hacer bien la tarea profesional (autoes­tima situacional).

En definitiva, el trípode sobre el que descansa la vi­vencia de autoestima se puede formular así: soy valioso, soy digno de que me amen y soy libre

Para que el niño fortalezca su autoestima, es imprescindi­ble que vaya construyendo su propia existencia sobre el convencimiento de que tiene valor en sí (no por lo que hace y tiene), y esto le convierte en un obje­to de amor y cariño, al mismo tiempo que le permite ser libre, sobre todo en sentir y poder expresar con palabras sus sentimientos positivos y negativos.

A veces, pese a un buen clima psicológico, el indivi­duo no ha conseguido una alta autoestima porque no ha sabido o no ha podido procesar esas vivencias po­sitivas; entonces el fantasma de la insatisfacción y angustia se puede hacer presente en forma de una enfermedad depresiva.

La vulnerabilidad social en la depresión


El grupo social (familia, escuela, amigos) va troque­lando al sujeto y es una influencia significativa en su conducta. El individuo, como ser social, está entrela­zado con el comportamiento de los demás. Esos es­trechos lazos son en parte generadores de nuestros sentimientos (amor, odio, celos, etc.), pero también origen de recompensas (valoración, aprecio y afecto) y castigos (rechazo, agresión, etc.)

Cuando el grupo es estable y sano, sus miembros se enriquecen psicológicamente; cuando el grupo es dis­funcional puede dificultar el bienestar psíquico del sujeto. De ahí la importancia de convivir en una fami­lia, escuela, etc., que transmita valores positivos. En estos casos, el grupo se convierte en un buen soporte para afrontar la depresión o cualquier adversidad.

Por el contrario, si el grupo es disfuncional (graves conflictos de convivencia, agresividad, adicciones…), favorecerá la aparición de enfermedades mentales, y entre las más frecuentes se encuentra la enfermedad depresiva.

A este respecto recuerdo una sentencia de Séneca que dice así: “No importa qué, sino cómo se sufre”, que podemos completar diciendo: “No importa qué, sino cómo se sufre y con quién se sufre”.

Factores estresores en la depresión

Podemos definir el factor estresor como cualquier situación o suceso familiar, personal o social que pro­voca estrés. Así, el paro, la enfermedad de un familiar, el diagnóstico de enfermedad mortal, una violación, etc., son factores estresores que pueden provocar el desequilibrio emocional de la persona.

Las conse­cuencias del factor estresor están en función de dos parámetros: la característica del propio factor estre­sor (más o menos intenso, inesperado o no, etc.) y la personalidad del sujeto (con alta o baja autoestima, dificultades o no de interacción con los demás, etc.). En definitiva, su gradiente de salud mental. Cuanto más sanos seamos mentalmente, mejor sabremos responder a los factores estresores.

A veces el factor estresor no es identificable. Es el caso de Carmen, el personaje de nuestra historia, que me pregunta: “Doctor, ¿por qué me deprimo?”, ya que no reconoce ningún acontecimiento traumático reciente y, por tanto, no puede “identificar” el origen de su depresión. Con frecuencia pueden intervenir factores “microestresores” (malestar generalizado, frustra­ciones...) cuya suma pueden desencadenar la depre­sión; otras veces no se identifica en el nivel conscien­te ninguna causa, pero profundizando podremos encontrar experiencias no resueltas o traumas repri­midos y no elaborados.

Cómo prevenir la depresión 

En definitiva, la enfermedad depresiva es un juego de fuerzas que abarca desde la vulnerabilidad genética, pasando por la propia personalidad del sujeto, que se ha ido fraguando a lo largo de su biografía, así como la entidad del grupo social y familiar donde se desarro­lla, y por último, en algunos casos, el acontecimiento vital que se ha producido en los seis meses anteriores:muerte de un familiar, sentirse rechazado, minusvalo­rado, etc. No obstante, dependiendo de la entidad del cuadro depresivo, tendrá más o menos importancia cada uno de los tres impactos ante descritos.

En algunas ocasiones, la vulnerabilidad genética constituye el factor principal, como ocurre en la de­presión mayor, el trastorno bipolar, la ciclotimia y el trastorno esquizoafectivo; en otras ocasiones (depre­sión situativa, depresión neurótica y depresión so­matógena), la situación psicológica y social de la per­sona será lo más significativo; y, por último, en ocasiones el factor estresor (muerte de un familiar, pérdida de trabajo, ruptura sentimental, diagnóstico de enfermedad mortal, etc.) constituirá el factor de­cisivo para que la enfermedad depresiva aparezca. 

Podemos señalar que una consecuencia de esta teoría de los tres impactos es la importancia de la prevención para evitar la enfermedad depresiva. Es evidente que el primer impacto (la vulnerabilidad ge­nética), con los conocimientos actuales, no podemos modificarlo (nacemos con una carga genética deter­minada y además desconocemos en qué consiste la esencia de esa vulnerabilidad); ni tampoco, en mu­chas ocasiones, podemos evitar el tercer impacto (acontecimiento traumático). 

Por tanto, solo pode­mos incidir en favorecer un desarrollo sano de la per­sonalidad y posibilitar un encuadre grupal (familiar y social) que sea acogedor y ayude al crecimiento psicológico del individuo. De aquí se deduce la importancia de la prevención en salud mental para disminuir la aparición de nuevos cuadros depresivos.

ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA
Psiquiatra y catedrático de Psicopatología y miembro fundador del Teléfono de la Esperanza.

martes, 29 de septiembre de 2015

Salud mental/corporal: La enfermedad del corazón


Usted puede pensar que las enfermedades del corazón están relacionadas solamente con la actividad física--la falta de ejercicio, una dieta inadecuada, fumar y beber en exceso. Aunque estos hábitos aumentan el riesgo de tener presión alta, ataques al corazón, apoplejías y otros problemas cardiovasculares, sus pensamientos, actitudes, y emociones son igual de importantes ya que no sólo pueden acelerar el comienzo de la enfermedad del corazón, sino que también pueden interferir en la adopción de pasos positivos para mejorar su salud o la de un ser querido.

Practicando la Prevención

Un estilo de vida saludable puede ayudarle a reducir el riesgo de padecer una enfermedad del corazón o manejar una condición diagnosticada aún si usted está en un mayor riesgo debido a factores que no controlamos como la edad, género, o historial familiar. Pero hacer cambios en su vida diaria no siempre es fácil. Usted puede experimentar una pérdida de control sobre sí mismo al tener que dejar de consumir sus alimentos favoritos, hacer espacio para ejercicios dentro de una agitada agenda, o tomar un medicamento regularmente.
También conlleva disciplina personal incluir estos nuevos hábitos dentro de su estilo de vida. Desviarnos de la dieta prescrita o fumarnos un cigarrillo a escondidas puede satisfacer una necesidad inmediata pero no logramos el objetivo a largo plazo de mejorar la salud.

Lidiando con las presiones de la vida

La enfermedad del corazón tiene muchas otras conexiones a la salud mental/corporal que usted debe considerar. El estrés prolongado debido a presión en el hogar, el trabajo o proveniente de otras fuentes puede contribuir a un aumento anormal de la presión sanguínea y a otros problemas circulatorios. Al igual que con otras enfermedades, los efectos varían de persona a persona. Algunas personas utilizan el estrés como motivador mientras que otros "explotan" ante el más mínimo problema.
La forma en que usted maneja el estrés también influye en la forma que su sistema cardiovascular responde. Los estudios han demostrado que si el estrés le pone enojado o irritable, usted es más propenso a padecer una enfermedad del corazón o sufrir un ataque al corazón. De hecho, la manera en que usted responde al estrés puede ser un riesgo mayor para tener problemas del corazón que el fumar, tener la presión sanguínea alta o el colesterol alto.

Una espiral en descenso

También existe la depresión, el sentimiento persistente de tristeza y desesperación que puede aislarle del resto del mundo. En su forma más severa, la depresión clínica, puede no solamente aumentar su riesgo para la enfermedad del corazón, sino también empeorar una condición existente.
Investigaciones demuestran que aproximadamente un 20 por ciento de las personas experimenta un episodio de depresión en su vida, la cifra aumenta hasta un 50 por ciento entre personas con problemas del corazón. Estudios a largo plazo revelan que los hombres y mujeres con diagnóstico de depresión clínica están más de dos veces más propensas a desarrollar enfermedad coronaria de las arterias o sufrir un ataque al corazón. Además, las personas con condiciones del corazón son tres veces más propensas a estar deprimidas en un momento dado que el resto de la población.
Y las personas felices tienen niveles saludables de fibrinogen y cortisol en su sangre, haciéndoles menos vulnerable a las enfermedades del corazón y otros padecimientos.
Si se deja sin tratar, la depresión puede ponerle en un riesgo sustancialmente mayor a sufrir un ataque al corazón o derrame. Es un hecho que las personas clínicamente depresivas son dos veces más propensas a sufrir un ataque al corazón en los diez años posteriores al primer episodio depresivo.

La lucha por salir adelante

La depresión puede también complicar la recuperación de un ataque al corazón, apoplejía o de un procedimiento agresivo como una cirugía de corazón abierto. El golpe de enfrentarse a la muerte tan de cerca se añade al prospecto de una larga recuperación, al igual que el miedo a que otro evento, potencialmente más serio, pudiera ocurrir sin aviso. El resultado es muchas veces sentimientos de depresión, ansiedad, aislamiento y una auto-estima disminuida. De acuerdo al Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH por sus siglas en inglés), hasta un 65 por ciento de los pacientes coronarios con historial de ataques al corazón experimentan varias formas de depresión.
Aunque estas emociones no son inusuales, se deben atender lo más pronto posible. Una depresión severa puede complicar el proceso de recuperación y hasta empeorar su condición. Se ha demostrado que una depresión prolongada en pacientes con enfermedad cardiovascular contribuye a otros ataques del corazón y apoplejías en el futuro.

Lo que usted puede hacer

Aunque las enfermedades del corazón son una condición seria que requiere un constante monitoreo, usted puede hacer muchas cosas para reducir su riesgo de padecer problemas cardiovasculares y poder vivir una vida plena, activa, aún si usted sufre un ataque al corazón.
  1. Hable con su médico. No hay dos personas iguales y algunos tratamientos o estrategias para reducir los riesgos pueden ser inadecuados y hasta dañinos si usted hace mucho muy rápido.
  2. Evite, si es posible, tratar de arreglar todos los problemas a la misma vez. En su lugar, enfóquese en cambiar un hábito a la vez (i.e. hábitos de alimentación, estilo de vida sedentario). Márquese un objetivo inicial razonable y trabaje para lograrlo.
  3. No ignore los síntomas de la depresión. Sentimientos de tristeza o vacío, pérdida de interés en actividades de la vida diaria o en actividades placenteras, pérdida de energía o desórdenes del sueño o de comer son solamente algunos de los síntomas. Si estos persisten por más de dos semanas, discuta estos sentimientos con su cardiólogo. Usted podría beneficiarse de un tratamiento con la colaboración de su doctor y un psicólogo.
  4. Identifique las fuentes de estrés en su vida y busque formas de reducir y manejar las mismas. Visitar a un profesional como un psicólogo para aprender a manejar el estrés no solamente le ayuda a prevenir enfermedades del corazón, sino también para aligerar la recuperación de un ataque al corazón cuando se utiliza en conjunto con programas de ejercicios estructurados y otros cambios intensivos de estilos de vida.
  5. Busque el apoyo de amistades, familia y compañeros del trabajo. Hábleles acerca de su condición y lo que pueden hacer para ayudarle. El apoyo social es particularmente crítico para sobreponerse a sentimientos depresivos y de desolación durante la recuperación de un ataque al corazón.
  6. Si usted se siente abrumado ante el reto de manejar conductas asociadas a la enfermedad del corazón, consulte un psicólogo cualificado. Un psicólogo le puede ayudar a desarrollar estrategias personales para establecer y lograr metas razonables para mejorar su salud, al igual que utilizar estos logros para conseguir otros objetivos más ambiciosos. Un psicólogo puede ayudarle a clarificar el diagnóstico de depresión y trabajar con el médico para diseñar un programa de tratamiento apropiado.

viernes, 4 de septiembre de 2015

¿Qué es buena salud emocional?

¿Qué es buena salud emocional?
Las personas que emocionalmente son sanas tienen control sobre sus pensamientos, sentimientos y comportamientos. Se sienten bien consigo mismas y tienen buenas relaciones interpersonales. Pueden poner los problemas en perspectiva.

"Es importante recordar que personas que tienen buena salud emocional algunas veces tienen problemas emocionales o enfermedades mentales". La enfermedad mental con frecuencia tiene una causa física tal como un desequilibrio químico en el cerebro. El estrés y los problemas en la familia, trabajo o el colegio a veces pueden desencadenar una enfermedad mental o hacer que esta empeore. Sin embargo, "las personas que emocionalmente están sanas han desarrollado maneras de hacerle frente al estrés y los problemas. Ellas saben cuándo necesitan buscar ayuda de parte de un profesional en salud mental"

¿Y con respecto a la rabia?
La gente a veces no sabe cuál es la causa de su rabia, cuánta rabia están llevando por dentro o cómo expresar rabia. Usted puede tener rabia en relación con ciertos eventos, consigo mismo o en relación con las acciones de las demás personas. Además, muchas cosas pequeñas pueden acumularse y hacerle pensar que la vida es injusta.

Si usted se da cuenta de que se está poniendo demasiado irritable o de que está tomando riesgos que no son saludables (tales como tomar alcohol en exceso o abusar de drogas) usted puede tener un problema para resolver la rabia. Es muy importante que usted hable con un médico o con un asesor psicológico acerca de cómo obtener ayuda.



¿Qué puedo hacer para evitar problemas?
Primero esté al tanto de sus emociones y reacciones y trate de entenderlas. Aprender a diferenciar las causas de la tristeza, frustración y rabia en su vida le puede ayudar a manejar mejor su salud emocional. El cuadro a la derecha le da algunos otros consejos útiles.

Consejos para lidiar con sus emociones
~ Aprenda a expresar sus sentimientos en formas adecuadas. Es importante que la gente que está cerca de usted sepa cuando hay algo que le está molestando a usted. Guardar sentimientos de tristeza o de rabia dentro de si consume energía adicional y puede causar problemas en sus relaciones interpersonales y en su trabajo o escuela.
~ Piense antes de actuar. Las emociones pueden ser muy fuertes. Pero antes de que usted se deje llevar por sus emociones y diga o haga algo de lo cual podría arrepentirse tómese tiempo para pensar las cosas.
~ Empéñese por lograr llevar una vida balanceada. Saque tiempo para hacer las cosas que disfruta. Concéntrese en las cosas positivas en su vida.
~ Ocúpese de su salud física. Su salud física puede afectar su salud emocional. Cuide de su cuerpo haciendo ejercicio con regularidad, comiendo alimentos saludables y durmiendo lo suficiente. No abuse de las drogas o del alcohol.

¿Cómo afecta el estrés mis emociones?
Su cuerpo responde al estrés produciendo hormonas de estrés. Estas hormonas le ayudan a su cuerpo a responder a situaciones de necesidad extrema. Pero cuando su cuerpo produce demasiadas de esas hormona durante un período de tiempo largo, las hormonas agotan su cuerpo y sus emociones. Las personas que están continuamente bajo los efectos del estrés (tensionadas) con frecuencia son emocionales, ansiosas, irritables e incluso depresivas.

Si es posible trate de cambiar la situación que está causando su estrés. Los métodos de relajación tales como la respiración profunda y la meditación, y el ejercicio, también son útiles para afrontar el estrés.

¿Los problemas emocionales se pueden tratar?
Sí. Asesoría psicológica, grupos de ayuda y medicamentos pueden ayudar a las personas que tienen problemas emocionales o que padecen una enfermedad mental. Si usted tiene un problema emocional presente hable con su médico de familia. El médico le puede ayudar a encontrar el tipo de tratamiento adecuado.


martes, 1 de septiembre de 2015

Trastorno narcisista de la personalidad

El trastorno narcisista de la personalidad se caracteriza por un patrón general de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía (capacidad de "conectar" emocionalmente con los demás) que empieza al principio de la edad adulta y se da en diversos contextos.



Cómo se manifiesta
  • Tiene un grandioso sentido de autoimportancia; por ejemplo, exagera los logros y capacidades, espera ser reconocido como superior sin unos logros proporcionados, etc. (Es habitual en los narcisistas sobrevalorar sus capacidades y exagerar sus conocimientos y cualidades, por lo cual suelen dar la sensación de ser personas jactanciosas o presuntuosas)
  • Está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginados (Pueden entregarse a ideaciones y pensamientos sobre la admiración o los privilegios que "hace tiempo que le deben" y compararse favorablemente con gente famosa o privilegiada)
  • Cree que es "especial" y único y que sólo puede ser comprendido por, o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) que son especiales o de alto nivel (atribuyen a aquellas personas con las que se relacionan las cualidades de ser "únicos", "perfectos" o tener "talento")
  • Exige una admiración excesiva (Es un síntoma que denota un abaja autoestima y una gran preocupación por hacer bien el trabajo y por cómo son vistos por los demás)
  • Es muy pretencioso; por ejemplo, tiene expectativas irrazonables de recibir un trato de favor especial o de que se cumplan automáticamente sus expectativas (por ejemplo, pueden pensar que no tienen por qué hacer cola. Todo esto puede ocasionar la explotación de los demás, ya sea de forma consciente o inconsciente)
  • Es explotador; por ejemplo, saca provecho de los demás para alcanzar sus propias metas (esperan que se les dé todo lo que deseen, sin importar lo que ello suponga para los demás, y pueden asumir que los demás están totalmente interesados en su bienestar)
  • Frecuentemente envidia a los demás o cree que los demás le envidian a él (pueden llegar a devaluar a personas que hayan recibido una felicitación al pensar que ellos son más merecedores de la misma)
  • Presenta comportamientos o actitudes arrogantes o soberbios
Cómo son estos sujetos
Los sujetos narcisistas poseen una autoestima muy vulnerable, siendo por esto muy sensible al "ultraje" de la crítica o la frustración; en relación con esto, las críticas pueden llegar a obsesionarles y hacer que se sientan hundidos y vacíos. Otro síntoma es el deterioro de sus relaciones sociales como consecuencia de su pretenciosidad y necesidad constante de admiración. Otro síntoma es la incapacidad para arriesgar nada por la posibilidad de frustración que ello conlleva.

Prevalencia
Se estima que se da entre el 2% y el 16% en poblaciones clínicas, y menos del 1% de la población general lo padece; además, entre el 50% y el 70% de las personas diagnosticadas de trastorno narcisista son varones. Por otro lado, hemos de tener en cuenta que los síntomas narcisistas son especialmente frecuentes en la adolescencia, lo cual no quiere decir que necesariamente el sujeto vaya a presentar en el futuro un trastorno narcisista.

Fuente: www.tuotromedico.com

martes, 18 de agosto de 2015

El trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo en los niños

En los últimos años, la cantidad de niños que han sido diagnosticados con un trastorno bipolar ha aumentado. De hecho, se estima que entre el 1 y el 2% de los niños padece este problema. Sin embargo, hay ocasiones en que los síntomas no corresponden por completo a un trastorno bipolar, en ese caso, se hace referencia al trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo, una nueva categoría propuesta en el DMS-5 para indicar los cuadros en los que predomina la irritabilidad.

Se trata de una especie de “enfado crónico”, un estado de ánimo que se mantiene durante la mayor parte del día y que hace que los niños tengan accesos de cólera, que se pueden manifestar de forma agresiva, ya sea rompiendo y tirando objetos o arremetiendo contra las personas que se encuentran a su alrededor o haciéndose daño a sí mismo. Este trastorno es más frecuente en los varones y su curso dependerá de muchos factores, entre ellos el diagnóstico y el tratamiento temprano.

Los estudios realizados sobre el trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo, no desvelan un patrón hereditario. De hecho, se ha apreciado que solo el 2,7% de los niños con este problema tienen algún padre que padece un trastorno del estado de ánimo.


Los síntomas del trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo


Este trastorno se puede diagnosticar en los niños o adolescentes de hasta 19 años de edad, y se caracteriza por:

- Accesos de cólera graves y recurrentes, que pueden manifestarse de forma verbal o comportamental, y que se consideran completamente desproporcionados respecto a la causa que los provoca. Son comunes las rabietas y/o la agresión, ya sea a las personas o a la propiedad. 

- Los accesos de cólera no se corresponden con la edad de desarrollo, lo cual significa que en su base existe una incapacidad para poner en práctica los mecanismos de control del comportamiento que se espera el niño haya desarrollado al alcanzar determinado nivel de madurez. De hecho, este diagnóstico es improcedente en niños de menos de 6 años de edad.

- Los accesos de cólera son frecuentes y se producen, como media, tres o más veces a la semana.

- Entre los accesos de cólera, el niño mantiene un estado de ánimo irritable e irascible, que puede ser notado por las personas que le rodean.

En lo que respecta al tiempo, para realizar el diagnóstico del trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo, es necesario que estos síntomas se hayan manifestado durante más de un año, periodo a lo largo del cual, ese estado de ánimo debe haberse mantenido al menos durante tres meses consecutivos. Además, los síntomas se deben manifestar en diferentes contextos, como en la casa, la escuela y con los compañeros.

¿Cómo se comporta el niño con un trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo?


El niño con este problema suele explotar ante cualquier situación, sobre todo aquellas que generan un sentimiento de frustración. En ese caso, pueden tener rabietas, proferir malas palabras, actuar de forma violenta contra las personas que se encuentran a su alrededor y romper o tirar cosas. 

También se le nota visiblemente irritado, cualquier situación, por nimia que sea, puede desencadenar una respuesta desproporcionada, por lo que los padres suelen tener la sensación de que caminan sobre cristales ya que no saben cuándo ocurrirá el próximo acceso de cólera ni qué lo desatará.

Lo más usual es que el trastorno comience antes de los 10 años, aunque sus síntomas variarán a medida que el niño crezca. No obstante, se estima que aproximadamente la mitad de los niños con este problema, seguirá sufriéndolo después de los años. Aún así, el peor pronóstico es para los niños que desde edades muy pequeñas han manifestado un temperamento irritable.

¿Cuándo la irritabilidad se convierte en un trastorno?


Se estima que aproximadamente el 81% de los niños de menos de 6 años tienen rabietas. Aproximadamente el 20% de estos casos, llegan a presentar episodios de irritabilidad severos y recurrentes. ¿Cuándo se convierte esa irritabilidad en un trastorno psicológico?

Lo usual es que a medida que el sistema nervioso madure, el niño sea capaz de gestionar mejor su comportamiento, que aprenda a lidiar con la frustración y que le dé una salida más asertiva a las emociones negativas. Sin embargo, algunos niños no lo logran, entonces se puede instaurar el trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo.

De hecho, se ha apreciado que estos niños tienen dificultades para reconocer las emociones en los rostros de las personas y responden con un estrés significativo ante tareas complicadas. En práctica, estos niños tendrían problemas para reconocer las emociones, tanto las propias como las ajenas, lo cual se ha comprobado con técnicas de resonancia magnética, las cuales han desvelado una activación menor de la amígdala durante las pruebas de reconocimiento de las emociones.

Esa incapacidad para reconocer las primeras señales de las emociones, les impide detenerlas a tiempo, por lo que la frustración y la ira aumentan cada vez más, hasta dar lugar a los accesos de cólera. No podemos olvidar que, al fin y al cabo, la irritabilidad no es más que una consecuencia de la incapacidad para dominar los procesos mentales de atención selectiva, con el fin de inhibir las respuestas desadaptativas ante la frustración.

Así, la irritabilidad que puede ser normal en un niño de 6 años, se convierte en un trastorno cuando sigue siendo la respuesta preferente de un niño mayor. Además, para que la irritabilidad se traduzca en una psicopatología, debe desembocar en accesos de cólera que afectan el rendimiento del niño en diferentes áreas y alteran profundamente la dinámica familiar.

Las consecuencias del trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo


Este problema suele tener repercusiones importantes en la dinámica familiar. Es usual que los padres se sientan desorientados e impotentes, ya que no logran controlar el comportamiento del niño. Por eso, no es inusual que pierdan la paciencia y apliquen castigos desproporcionados, que pueden terminar provocando un comportamiento desafiante y oposicionista. Para estas familias, es difícil encontrar un punto de equilibrio, por lo que su vida cotidiana suele convertirse en una guerra sin cuartel.

El niño que sufre este trastorno también experimenta sus consecuencias. De hecho, debido a su irritabilidad, las relaciones con los compañeros de clase o amigos del vecindario suelen verse afectadas. Además, como tienen una baja tolerancia a la frustración, suelen tener dificultades para progresar en la escuela y les resulta difícil disfrutar en las actividades escolares o familiares en las que participan la mayoría de los niños.

Además, uno de los principales problemas aparejados al trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo es que tiene elevados índices de comorbilidad, lo cual significa que casi nunca aparece solo. De hecho, es frecuente que se solape con el trastorno oposicionista desafiante y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad.

¿Por qué es tan importante este diagnóstico?


- El diagnóstico confiere un sentido. Cuando los padres viven una situación difícil con sus hijos, poder llegar a un diagnóstico les brinda, de repente, un sentido a todo lo que han vivido, es la respuesta a las preguntas que se han estado haciendo durante años. Les permite comprender qué estaba ocurriendo y, en muchos casos, también resulta un alivio ya que comprenden que no ha sido culpa suya.

- Acceso a un tratamiento más adecuado. Con la inclusión de esta nueva entidad, se evita catalogar a niños como bipolares, cuando en realidad no lo son. De esta forma, pueden recibir un tratamiento más adecuado y las probabilidades de superar el trastorno son mayores.



Fuentes:
. www.rinconpsicologia.com
. APA (2014) Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Madrid: Editorial Médica Panamericana.
. Leibenluft, E. (2010) Severe Mood Dysregulation, Irritability, and the Diagnostic Boundaries of Bipolar Disorder in Youths. The American Journal of Psychiatry; 168(2): 129-142.
. Brotman, M. A. et. Al. (2010) Amygdala Activation During Emotion Processing of Neutral Faces in Children With Severe Mood Dysregulation Versus ADHD or Bipolar Disorder. The American Journal of Psychiatry; 167(1): 61-69.

viernes, 14 de agosto de 2015

Trastorno Límite de la Personalidad: no confundir con Trastorno Bipolar

Se ha podido determinar que el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) y el Trastorno Bipolar en numerosas ocasiones se diagnostican de forma conjunta en una misma persona (entre un 8% y un 18% de los casos – Paris J. et al, Psychiatry 2007-), aunque sabemos que son entidades clínicas distintas. Un diagnóstico correcto orienta al profesional hacia un tratamiento más efectivo, pero es probable que éste se encuentre ante el difícil reto de diagnosticar adecuadamente estas condiciones, que comparten varias características clínicas.
El TLP puede presenta cuatro tipos de psicopatología principales: perturbación afectiva, impulsividad, problemas cognitivos, e intensos, relaciones inestables. Lo que es más importante en estos casos es averiguar si los patrones de inestabilidad afectiva, impulsividad y relaciones inestables han sido consistentes en el tiempo. Por lo tanto, la obtención de una historia clínica detallada es crucial. Además, las otras características que vemos en el TLP, como la disociación, paranoia y problemas cognitivos, a menudo afectan enormemente el entorno del paciente y, en particular, sus relaciones. Una persona con TLP puede tener antecedentes de deterioro rápido y repentino cuando sus relaciones cambian, como el intento de suicidio después de una ruptura o severos cambios de humor cuando se separa de su familia. Generalmente, cuanto más intensa o significativo es la relación, mayor es el riesgo de estrés crónico y la desregulación del estado de ánimo.
Pero muchas de estas características se observan en pacientes con Trastorno Bipolar, como disforia, hiperactividad, impulsividad, tendencia al suicidio, y los síntomas psicóticos. Como resultado, los pacientes con TLP con este conjunto de síntomas a menudo son mal diagnosticados con el Trastorno Bipolar, posiblemente debido también a la eficacia de los tratamientos psicofarmacológicos para dichos síntomas.
Pero en los TLP los cambios de humor son generalmente de corta duración, duran sólo unas horas y cambian con relativa frecuencia. Por el contrario, los cambios de estado de ánimo en el Trastorno Bipolar tienden a durar varios días o incluso semanas o meses. Otra característica diferenciadora es que los cambios del estado de ánimo en el TLP son por lo general una reacción a un estresante ambiental (como una discusión con un ser querido o una frustración en la sala de espera), mientras que en un Trastorno Bipolar se pueden producir cambios de estado de ánimo sin motivo alguno.
Los pacientes con TLP pueden cambiar rápidamente de la depresión a la ansiedad y la ira, pero estos cambios de humor rara vez implican euforia; más a menudo, los cambios de humor son de sentirse molesto que sentirse “bien”. Asimismo, la ansiedad o la irritabilidad del TLP no debe ser confundido con la manía o hipomanía del trastorno bipolar, que por lo general implica el estado de ánimo expansivo o elevado.
A un nivel más existencial, los pacientes con pacientes de TLPespecialmente jóvenes, a menudo luchan con sentimientos de vacío y falta de valor, dificultades de autoimagen y temor al abandono. Estos síntomas son menos comunes en el Trastorno Bipolar, donde la grandiosidad y la autoestima inflada son comunes, especialmente durante los episodios del estado de ánimo maníaco. Y si bien ambas condiciones pueden incluir una historia de relaciones caóticas, un paciente con TLP puede describir dificultades de relación como la única fuente primaria o de su / su sufrimiento, mientras el paciente bipolar puede verlos como una consecuencia desafortunada de su comportamiento.
El diagnóstico preciso de la TLP y el Trastorno Bipolar en ocasiones puede ser difícil, pero es esencial para un tratamiento adecuado y el resultado óptimo. Las tasas de remisión en el TLP puede ser tan alta como 85% en 10 años (Gunderson et al, Arco Gen Psychiatry 2011), en particular con los tratamientos psicoterapéuticos eficaces. Sin embargo, el Trastorno Bipolar tiende a cronificarse y no remite en la edad adulta.
Fuente: Marta Guerri
www.psicoactiva.com